11 dic. 2011

El secreto de Mel - Parte 1

   Ya estaba a salvo. Después de tres horas corriendo, había llegado a la casa. Mi respiración era rápida e irregular. La sala en la que me encontraba  tenía pocos conductos de ventilación.
   “Deberías descansar y beber un poco de agua” Repitió por enésima vez aquella voz en mi cabeza. “Tu organismo está sobrecargado y deshidratado” La escuchaba desde aquella vez en la que mi tío decidió experimentar conmigo.
   Llevaba varios años diciendo que era capaz de hacer que la conciencia humana tuviese voz propia. Nadie le tomó en serio y todos lo tomaron por loco.
   Hace exactamente diez años, en plena noche, apareció Federico, mi tío, en mi habitación.
   - Ven aquí, pequeña – me dijo después de cogerme de la mano. Me desperecé y froté fuertemente los ojos, para que se adaptaran a la luz.
   - ¡Tío! Tengo sueño y sabes que no me gusta que me llames “pequeña”. ¡Tengo nueve años! – Le reprendí, todavía medio dormida - ¿Se puede saber a dónde me llevas?
   - ¡Calla y sígueme! – susurró.
   Recuerdo que caminaba muy rápido. Me llevó al sótano. Me tumbó en una mesa y me clavó algo detrás del codo. Me sentí aturdida y acabé dormida unos segundos después. Cuando me desperté, estaba sola en el mismo lugar. Me levanté y caminé de un lado a otro, sin saber muy bien lo que hacer.
   Luego apareció mi tío. Cuando entró, cerró la puerta con llave. En su mano izquierda algo brillaba. Se acercó a mí. Se colocó detrás de mí y me inmovilizó. El filo de un cuchillo rozó mi garganta. Cogí aire y empecé a gritar.
   “Cállate y corre” dijo la voz. Sorprendida y atemorizada, dejé de gritar. A pesar de que estaba en estado de shock, corrí desesperadamente hacia la puerta, pero recordé que mi tío la había cerrado con llave.
   Me giré lentamente y apoyé la espalda en la puerta. Una solitaria lágrima recorrió mi rostro. Federico estaba de pie. Se agachó y dejó el cuchillo en el suelo. Su mirada se encontró con la mía. En ella había tranquilidad y un poco de esperanza.
   - ¿La has escuchado? – me preguntó. Yo estaba temblando -. No te voy a hacer nada. ¿La puedes oír?
   Pasaron varios minutos hasta que comprendí que no me iba a hacer daño. Entonces afirmé con la cabeza. Lentamente, le apareció una sonrisa en el rostro y gritó y saltó como un loco. Me hizo jurar que no se lo iba a decir a nadie. Unos meses después me dio un papel con una dirección.
   - Melisa – hizo una pausa -, no lo pierdas. Alguna vez te podría ser útil – hizo una pausa -. Una advertencia, puede que la conciencia valla cogiendo fuerza y cobre vida propia.

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