11 dic. 2011

El secreto de Mel - Parte 2

   Le hice caso. Pasaron varios años y entró otra vez en plena noche en mi habitación. Esta vez no dije nada, tan solo le seguí.
   - Tienes diecinueve años – su rostro reflejaba verdadera preocupación -. Ha llegado el momento de salvar tu vida.
   - ¿Qué ha pasado? – le pregunté. Él se sentó y se frotó la frente.
   - Hace dos días, el gobierno se enteró de lo que descubrí en ti. Me enviaron una carta diciéndome que querían investigar tu cerebro para ver la diferencia.
   El terror invadió mi cuerpo. Como acto reflejo, empecé a dar vueltas por toda la habitación. Sin darme cuenta, acabé casi corriendo. En ese momento recordé a mi familia. Había llegado el momento de irme. Pero también de abandonar a mi familia, probablemente para no volverlos a ver nunca más.
   No me podía imaginar lo que podrían llegar a hacerme. Mentalmente vi mi cuerpo sobre una mesa metálica. Como las de los quirófanos. Sólo de pensarlo noté el frío del metal en mi espalda y me dio un escalofrío. Cientos de cables conectados a mi cuerpo. Después de varios minutos, el equilibrio me falló y caí al suelo. Mi tío se sentó a mi lado. No dijo nada, mientras que yo continuaba sollozando.
   “Deja de llorar y escucha a tu tío, parece que va a decirte algo”. Obedecí a la voz. Me sequé las lágrimas que todavía caían por mis sonrojadas mejillas. Mi respiración volvió a su ritmo normal.
   - ¿Aún guardas el papel que te di? – me preguntó. En respuesta afirmé con la cabeza. Sabía que si decía algo volvería a llorar -. Perfecto. Mañana, cuando todo el mundo esté dormido, los coges y vas a la dirección que hay apuntada.
   Se levantó y me tendió una mano para que hiciera lo mismo.
   - Nadie sabe de su existencia – continuó -, a excepción de una chica que vive allí cuando lo necesita. Cógete un poco de ropa y todo el dinero que puedas. No cojas el móvil, lo habrán pinchado y podrán localizarte.
   “Vuelve a tu habitación, mañana será un día muy largo…”.
   Sin decir nada, salí del sótano y volví a mi habitación. Encendí mi I-pod. No pasaron ni tres canciones cuando ya me había dormido. El día pasó como si nada.
   Estaba en mi habitación, con la excusa de que estaba estudiando, pero en realidad estaba llenando una mochila con ropa. Cuando mis padres salieron a hacer la compra, levanté el colchón y cogí un sobre en el que guardaba el dinero que me dieron en todos mis cumpleaños. Era para casos de emergencia. Nada mejor que esto…

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