23 jun. 2014

Sin título

   Allí estaba ella, a apenas veinte metros de mí. Pero me parecía una distancia infinita. Su pelo negro estaba recogido con una goma, dejando ver su nuca del color de la porcelana. Sus ojos negros brillaban por culpa de esa hermosa sonrisa que le alegraba su rostro perfecto.


   Por un momento, me pareció que el corazón se me iba a salir del pecho. Nuestras miradas se cruzaron por una milésima de segundo y tuve la esperanza de que se hubiera fijado en mí. Pero no fue así. Era imposible que hubiese notado la presencia de la pequeña estrella que poco relucía y que se encontraba al lado del Sol.

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